PATENTE - VIÑETAS DE LA CLÍNICA


Derivado por una colega, me contacta un hombre de sesenta y cinco años. Bien vestido, de hablar calmo y volumen bajo, muestra un léxico cuidado y rico. En su presentación remarca su condición de católico practicante y lector asiduo de la Biblia (la lleva con él, la ha traído al consultorio). Maneras medidas, respetuosas, discurso controlado, rubor intenso frente al fallido inmediatamente corregido. Autodefinido como de centro-derecha y nacionalista “con c”, dice ser un excelente administrador del dinero; en su apego a la norma se percibe cierto exceso: conduciendo su coche es estricto y suele comportarse como un supervisor de los demás, vive por ello frecuentes enfrentamientos verbales. “No me hizo mella” es una frase que insiste a lo largo de varias entrevistas, la primera vez en alusión al insulto de otro automovilista. Como al pasar, cuenta que cuando maneja está atento a la combinatoria que le ofrecen las patentes alfanuméricas: descubre coincidencias curiosas e inventa constantemente otras: MAL 666, UNO 234, CIA 007, FIN 000, MAD 022, CGT 017. Ya entrado en análisis, narra un sueño: maneja un auto, un taxi; en la vorágine del tránsito queda detrás de otro con patente ID (la tercera letra es difusa) y 707; el pasajero que lleva se baja como huyendo y se sube a ese otro taxi; desesperado, inicia una persecución coche a coche, pero lo pierde en la maraña reencontrándolo en un cruce, pero la patente ha cambiado: ID(x) 490. Asocia: “es mi sino”; “mi destino”; “una x o una y, la incógnita o la bifurcación”; “el sino entraña una duda, ¿sí o no, si y no?”; “ID, identidad, ido, idolatría”; “vengo a análisis para que usted me dé una mano, ¿la izquierda o la derecha? ¿La I o la D?”; “una mano para cruzar este charco”; “charco, cerco, cerca”. Lo invito a pensar en los números de las patentes que soñó. “707 y 490 son coherentes, 7x7=49 y luego el cero…”. En otra sesión le pregunto si es hijo único; primero me mira estupefacto, luego rubor, angustia, ojos bajos, silencio. “Tengo un hermano desaparecido”. Como al tanteo le pregunto si es un mellizo; “¿cómo lo sabe?”. Le hago ver una insistencia significante: “no me hizo mella”, una negación como shifter de lo que surge por una composición de sílabas que invita a la polisemia. “Militaba en la facultad de Derecho, yo estaba en Ingeniería; la pasábamos discutiendo; reconozco el odio que me producía; nunca me acuerdo de él, pero cuando lo sueño es tan real, tan patente…”; el hermano “ido”, “idolatrado”, “idéntico”. Intento hacerle ver que carga una culpa ajena. “No creo que mi angustia tenga que ver con eso” se defiende. Repito los números soñados: 707… 490… “No veo la conexión”. Le pregunto si esos números no aparecen en lo que reiteradamente lee. Recién allí articula “70 veces 7”, “da 490”. Busco que rastree y se le presenta el aserto atribuido a Jesús: “Perdonarás las ofensas de tu hermano 70 veces 7”. Pero es él quien permanece en la certidumbre de no haber sido perdonado, es más, de algo que no ha hecho. Con el tiempo ‑y su estructura obsesiva- recordará una película sueca estrenada aquí en 1964, “491”, del director VilgotSjöman; y es en ese “1” que excede a las 490 ofensas permitidas y que aparece en sus símbolos oníricos completando el tramo alfabético de las patentes “a contranorma”, donde cuaja su lógica de lo imperdonable; el filme, precisamente, es un drama que metaforiza el cruce –otro significante de su sueño- de la línea que no debe ser traspuesta, pero que en la trama lo es. Sentimiento inconsciente de culpabilidad, la deuda ignota, el sinsentido de la deuda, la paga eterna que no salda. “Bárbaros, las ideas no se matan” escribió Sarmiento en las rocas andinas huyendo a Chile, pero las ideas –la combinatoria significante- modifican lo real y pueden dar muerte. En los vericuetos de su ilación mental él, por el solo hecho de portar una ideología, ha generado algo fáctico, un acto criminal que otros perpetraron, pero que él paga cotidianamente sin mengua de una deuda que de no mediar un análisis no tiene posibilidades de cancelación.

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