LA CACEROLA, O LA OLA DEL QUEHACER

EL CORRALITO*


Quienes lo implementaron jamás pensaron en sus efectos colaterales: aceleró la crisis, terminó con dos gobiernos, brindó a la gente la oportunidad de debatir en las largas colas de los bancos, otrora mudas, baladíes, tan aburridas como uno de los más exasperantes exponentes del Poder. Así, inesperadamente, lo que en otra época tenía lugar en universidades, cenáculos, ateneos, unidades básicas y comités, se dio en ese obligado modo de la grupalidad aleatoria, compartiendo un espacio, un tiempo y un abanico temático: las medidas económicas, la corrupción, la política mercenaria, la bronca.

Los que compartimos la Psicología Social, el Psicoanálisis, la Sociología, pudimos incursionar en ese interregno entre la serie y el grupo, donde si bien la significatividad del otro y la mutua representación interna tienen escasa consistencia, cuaja adecuadamente el concepto meadeano de el otro generalizado: más allá de quiénes sean nuestros ocasionales interlocutores –y muchas veces reencontrándolos en esas mismas colas- se ha instalado una dinámica comunicacional que nos sintoniza a gran escala.

Al mismo tiempo, del otro lado de las colas, adivinamos la puja entre el miedo y el afán de lucro, y una realidad que la palabra “corralito” elude: nosotros imaginamos un corset que retiene algo nuestro, pero nos cuesta admitir que allí adentro no hay nada.

En otro siglo, un inglés advenedizo llamado Lawrence, pergeñó un modo de coligar a la comunidad árabe diseminando nacionalismo “como un gas que se expande abarcándolo todo y llegando a todos los rincones y a todos los individuos”. Como en la publicidad del corte de luz ante la inminencia del gol argentino, donde una modesta Spika inicia la oleada comunicacional y el grito del viejo se difunde al espacio en otros gritos hasta que la onda se engulle a toda la ciudad, en minutos el son cacerolero lo abarca todo y con él una consigna que hacemos unánimemente nuestra.


LA CLASE MEDIA


La clase bisagra, la pequeña burguesía acomodaticia que históricamente ha sido furgón trasero de la clase dominante, ha comenzado a crujir adquiriendo esa categoría hasta ahora propia del proletariado o el campesinado: el “poco o nada que perder”. Es que se pertenece a la clase media no por razones genéticas sino -recordando a Marx cuando define la genealogía ideológica- como resultado de una práctica social. Es dicha práctica la que hace de un delegado sindical un jugador de golf cuando no vuelve periódicamente a la base. Quienes critican a la “clase media” por salir cuando se les toca el bolsillo (“la víscera más sensible del hombre” decía Perón), ignoran que detrás de las grandes palabras rige el interés básicamente material: antes de los años de plomo, reflexionaba Tosco que la clase obrera es la única que no puede ser comprada porque ello equivaldría a una retribución justa del trabajo.

Ahora bien: los cacerolazos configuran una instancia sumamente válida como situación de interconexión y acción que busca hacer llegar un mensaje a las orejas del Poder. Sin embargo, mientras no evolucione en formas organizativas, vacunará a ese Poder acostumbrándolo a una manifestación repetitiva, tal como sucedió con las huelgas de 24 ó 48 horas, donde bastaba con esperar a que pasara el acontecimiento y llegase “el día después” sin modificación alguna -otro cantar fueron las de tiempo indeterminado por la afectación real de los intereses tocados.

En la vereda opuesta, tanto la clase media como la obrera o la de los indigentes, convergen en una masa a la que se atribuyen claramente dos categorías complementarias: imbecilidad y peligro. A la hora del discurso oficial la duplicidad ha sido norma y rutina, y su mayor expresión los antes y después de las elecciones. Las movilizaciones caceroleras de los últimos tiempos han interceptado al poder político obligándolo a lo que históricamente rechaza: una asíntota con la coherencia. Percibimos hoy el miedo que le causa la latencia de la protesta abierta, y si bien en otros momentos la mentira discursiva apuntaba a la atribuida imbecilidad y la represión al peligro, hoy se re acomoda frente a una masa que sin perder peligrosidad parece que piensa y de algún modo se organiza, pero sobreviven en los gestos de los dirigentes los rasgos de lo que han aprendido por centurias: el pacto entre internas, la mascarada del debate, la prevención frente a una población a la que alardean representar, maravillosamente desnudados en un salpicón de fallidos verbales.


EL SALTO CUALITATIVO


Lo que llaman “pueblada”, es la puesta en acto del salto dialéctico que sigue a una acumulación de años. La propia dinámica de los hechos –no sin ayuda de lo grupal como intelectual colectivo que genera novedad-, esperamos, irá perfilando instancias de control, tanto sobre el Poder que por definición es ladino, como sobre las facciones que fogoneadas desde la derecha tensarán la cuerda para abortar logros genuinos, y también sobre los sectores que aprovechan el tembladeral para sacar ventajas en la mezquindad de la especulación.

Se imponen categorías organizativas superiores. Proponemos una red de interconexión que nos mantengan receptores y emisores, el agrupamiento para el debate, la convergencia sobre nodos –como en los clubes del trueque- que bien podrían ser estructuras institucionales como las ONG, los clubes, las escuelas, las escuelas de Psicología Social, incluyendo los medios gráficos y audiovisuales, desde donde organizar y llamar a nuevos cacerolazos, escraches, piquetes, el boicot sobre los bancos, los comercios y las empresas que intenten beneficiarse con la crisis, la invención de formas de autodefensa, la promoción de modos de subsistencia y de apoyo a emprendimientos nacionales, la obtención de medicinas y otros artículos para los más necesitados, y sobre todo la creación de usinas de ideas.

Curiosa circularidad del falo -representado esta vez en lo que el imaginario liga a lo femenino- la cacerola en su hora más gloriosa se está haciendo oír como instrumento, arma, herramienta. De nosotros depende que además se haga escuchar.


*En Argentina, diciembre 2001.

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