LA PULSIĆN INVOCANTE EN EL ABUSO SEXUAL
- Mario Malaurie
- 8 ago 2019
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A las pulsiones parciales clĆ”sicas Lacan agregó dos: la escópica y la invocante. Cuando Freud aborda el par exhibicionismo-voyeurismo, trabaja la dupla pasividad-actividad demostrando que hay activismo en el darse a ver ofreciĆ©ndose a la mirada del Otro; la escena en que el sujeto espĆa por un orificio la intimidad ajena, no sólo trata del mirar y el ser mirado āel ojo de la cerradura frente al propio-; tambiĆ©n del deseo de exhibirse, oculto tras el temor a ser descubierto, situación de clĆmax y su exceso de goce. Lacan llama escópica a la pulsión cuyo objeto en pĆ©rdida es la mirada; es grĆ”fica su alusión a una ālaminillaā que en este caso parte de una nueva zona erógena, los ojos, y lame al objeto, lo contornea, y retorna a la fuente en su ciclo y como parte de una deriva. Freud tambiĆ©n reflexiona sobre la dĆada sadismo masoquismo con similares conclusiones en cuanto a lo engaƱoso de la apariencia: el victimario se identifica con la vĆctima y envidia su goce, plano en el que resulta derrotado como surge del relato donde dos torturadores flagelan brutalmente a una mujer que finalmente muere, frustrĆ”ndolos: ella llega a gozar del todo en el instante del āpaseā mientras ellos quedan burlados, decepcionados, con las manos vacĆas aunque cernidas sobre los mangos de sus lĆ”tigos. Hay una escena de horror en la novela histórica de Vargas Llosa āLa fiesta del chivoā: el hijo del dictador Trujillo āreciĆ©n asesinado en un atentado carretero y tras la captura de uno de los perpetradores- pugna consigo mismo, metralleta en ristre, entre su necesidad de matar al que yace atado a una silla elĆ©ctrica, con los ojos cosidos con aguja e hilo, despedazado por la tortura pero vivo, y continuar con el martirio a manos de sus acólitos. Hay ambivalencia en su disfrute por la descarga final del arma hasta la Ćŗltima bala, y su contracara, pues debe suspender el tormento para hacer lo que precisamente suplica el prisionero: morir. La otra pulsión, la invocante, conecta tres zonas erógenas de cada cuerpo en el lazo que la madre funda en su bebĆ©: los oĆdos y la glotis; ambos se llaman y se oyen, hay fuentes sensibles en aquellas carnes, hay perentoriedad, hay descarga, hay un objeto en pĆ©rdida āla voz-, y queda justificado un significante que implica el vocativo, la invocación. Se cree que la musculatura estriada es lo erógeno en el golpe del sĆ”dico; Lacan corrige: lo que opera es la pulsión invocante; tanto la voz como el golpe, y tambiĆ©n los aullidos de la vĆctima y los gritos del psicópata, suponen una sonoridad. SerĆ” por eso que con el discurso proferido se puede tanto herir como acariciar; tambiĆ©n vulgarmente, y en la misma lĆnea, solemos admitir que en las maniobras de seducción sobre una mujer se la comienza a ganar operando sobre el Ćŗnico orificio āposta previa- que no puede ocluir, el oĆdo. Cuando se informa sobre violaciones, mĆ”xime contra infantes, por alta que sea la morbosidad de los medios y los usuarios en la fantasmĆ”tica sugerida y despertada, predomina una escenografĆa de cuerpos, manipuleo, penetraciones. Pero quizĆ” lo que mĆ”s daƱe de un acto tal delegue a un segundo plano los sucesos fĆsicos; es posible que lo que a esa criatura mĆ”s hondamente humille, profane y marque, sean los discursos susurrados al oĆdo, los fraseos procaces pero murmurados desde una media voz repulsivamente pausa. Si nos apartamos del mero imaginario de los hechos mudos y nos abrimos a esa otra obscenidad, quizĆ” lleguemos a avizorar algo de lo que siente el sometido; porque en su devenir elaborativo terminarĆ” con suerte- aceptando las cicatrices de esa violencia, pero lo que ha sido obligado a escuchar en contenidos y modos, serĆ” mĆ”s arduo de diluir, tanto mĆ”s cuando en su adultez algo de aquellos pĆ”rrafos, ya en otro contexto, formarĆ” parte de lo Ćntimo de una relación. La resonancia entre esos textos y los escuchados allĆ” y entonces con la morosidad de lo musitado, le condenarĆ” a un escamoteo no menor de la versatilidad sexual a que tiene derecho. Pese a que la tropelĆa sobre los niƱos es indiscriminada, son mayormente ellas quienes tempranamente estĆ”n expuestas en cualquier vereda āpor elegir una situación habitual- a la intrusión de una obscenidad balbuceada al pasar. Pero la modalidad que en los adultos adopta el piropo, inclusive el sarcasmo o el avance soez medianamente aceptado en las fintas de la seducción, adquiere, cuando un perverso cerca a la niƱa, el visaje de una intrusión a la que sólo puede dar un involuntario input, acumulando aquello en una honda impronta. Es tambiĆ©n por ese plus verbal inferido que sorprende aĆŗn mĆ”s la liviandad con que el violador es devuelto con premura a una comunidad suspendida en un plasma de impotencia por esa mezcla de impunidad, impericia, insensatez y corruptela que ha sumido a la Justicia en un descrĆ©dito mayor. Tal vez esta invitación a representarse los dichos mĆ”s revulsivos, el imperativo de ponerse en el lugar de la niƱez vulnerada, empuje a una sociedad avezada en la queja callejera, al reclamo sobre un Poder que comience a temer la ley de la que tambiĆ©n es sujeto y que estĆ” obligado a administrar. En una ceremonia reciente de final de ciclo, la directora de un colegio primario leyó ante su alumnado y para ser jurada, la Constitución Nacional. Atónitos, los padres asistieron luego a otra invocación, si no obscena, patĆ©tica en su resignación y en la defección implicada: āSi no la van a cumplir al menos lĆ©anlaā.




