LA PULSIÓN INVOCANTE EN EL ABUSO SEXUAL



A las pulsiones parciales clásicas Lacan agregó dos: la escópica y la invocante. Cuando Freud aborda el par exhibicionismo-voyeurismo, trabaja la dupla pasividad-actividad demostrando que hay activismo en el darse a ver ofreciéndose a la mirada del Otro; la escena en que el sujeto espía por un orificio la intimidad ajena, no sólo trata del mirar y el ser mirado –el ojo de la cerradura frente al propio-; también del deseo de exhibirse, oculto tras el temor a ser descubierto, situación de clímax y su exceso de goce. Lacan llama escópica a la pulsión cuyo objeto en pérdida es la mirada; es gráfica su alusión a una “laminilla” que en este caso parte de una nueva zona erógena, los ojos, y lame al objeto, lo contornea, y retorna a la fuente en su ciclo y como parte de una deriva. Freud también reflexiona sobre la díada sadismo masoquismo con similares conclusiones en cuanto a lo engañoso de la apariencia: el victimario se identifica con la víctima y envidia su goce, plano en el que resulta derrotado como surge del relato donde dos torturadores flagelan brutalmente a una mujer que finalmente muere, frustrándolos: ella llega a gozar del todo en el instante del “pase” mientras ellos quedan burlados, decepcionados, con las manos vacías aunque cernidas sobre los mangos de sus látigos. Hay una escena de horror en la novela histórica de Vargas Llosa “La fiesta del chivo”: el hijo del dictador Trujillo –recién asesinado en un atentado carretero y tras la captura de uno de los perpetradores- pugna consigo mismo, metralleta en ristre, entre su necesidad de matar al que yace atado a una silla eléctrica, con los ojos cosidos con aguja e hilo, despedazado por la tortura pero vivo, y continuar con el martirio a manos de sus acólitos. Hay ambivalencia en su disfrute por la descarga final del arma hasta la última bala, y su contracara, pues debe suspender el tormento para hacer lo que precisamente suplica el prisionero: morir. La otra pulsión, la invocante, conecta tres zonas erógenas de cada cuerpo en el lazo que la madre funda en su bebé: los oídos y la glotis; ambos se llaman y se oyen, hay fuentes sensibles en aquellas carnes, hay perentoriedad, hay descarga, hay un objeto en pérdida –la voz-, y queda justificado un significante que implica el vocativo, la invocación. Se cree que la musculatura estriada es lo erógeno en el golpe del sádico; Lacan corrige: lo que opera es la pulsión invocante; tanto la voz como el golpe, y también los aullidos de la víctima y los gritos del psicópata, suponen una sonoridad. Será por eso que con el discurso proferido se puede tanto herir como acariciar; también vulgarmente, y en la misma línea, solemos admitir que en las maniobras de seducción sobre una mujer se la comienza a ganar operando sobre el único orificio –posta previa- que no puede ocluir, el oído. Cuando se informa sobre violaciones, máxime contra infantes, por alta que sea la morbosidad de los medios y los usuarios en la fantasmática sugerida y despertada, predomina una escenografía de cuerpos, manipuleo, penetraciones. Pero quizá lo que más dañe de un acto tal delegue a un segundo plano los sucesos físicos; es posible que lo que a esa criatura más hondamente humille, profane y marque, sean los discursos susurrados al oído, los fraseos procaces pero murmurados desde una media voz repulsivamente pausa. Si nos apartamos del mero imaginario de los hechos mudos y nos abrimos a esa otra obscenidad, quizá lleguemos a avizorar algo de lo que siente el sometido; porque en su devenir elaborativo terminará con suerte- aceptando las cicatrices de esa violencia, pero lo que ha sido obligado a escuchar en contenidos y modos, será más arduo de diluir, tanto más cuando en su adultez algo de aquellos párrafos, ya en otro contexto, formará parte de lo íntimo de una relación. La resonancia entre esos textos y los escuchados allá y entonces con la morosidad de lo musitado, le condenará a un escamoteo no menor de la versatilidad sexual a que tiene derecho. Pese a que la tropelía sobre los niños es indiscriminada, son mayormente ellas quienes tempranamente están expuestas en cualquier vereda –por elegir una situación habitual- a la intrusión de una obscenidad balbuceada al pasar. Pero la modalidad que en los adultos adopta el piropo, inclusive el sarcasmo o el avance soez medianamente aceptado en las fintas de la seducción, adquiere, cuando un perverso cerca a la niña, el visaje de una intrusión a la que sólo puede dar un involuntario input, acumulando aquello en una honda impronta. Es también por ese plus verbal inferido que sorprende aún más la liviandad con que el violador es devuelto con premura a una comunidad suspendida en un plasma de impotencia por esa mezcla de impunidad, impericia, insensatez y corruptela que ha sumido a la Justicia en un descrédito mayor. Tal vez esta invitación a representarse los dichos más revulsivos, el imperativo de ponerse en el lugar de la niñez vulnerada, empuje a una sociedad avezada en la queja callejera, al reclamo sobre un Poder que comience a temer la ley de la que también es sujeto y que está obligado a administrar. En una ceremonia reciente de final de ciclo, la directora de un colegio primario leyó ante su alumnado y para ser jurada, la Constitución Nacional. Atónitos, los padres asistieron luego a otra invocación, si no obscena, patética en su resignación y en la defección implicada: “Si no la van a cumplir al menos léanla”.


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